Un 9 de Julio nos independizamos. Las provincias que abrirían la puerta hacia la construcción de la Nación Argentina, hacia la consolidación y desarrollo del Estado hacia fines del siglo XIX, en las primeras décadas del mismo, levantaron la voz más fuerte y colectiva de nuestra historia. La fecha es clave, pero debemos rememorar que antes hubo seis años de largas luchas y fuertes debates si tomamos Mayo de 1810 como referencia independentista, y ocho de resistencia y unidad si retrocedemos hasta las invasiones inglesas de 1808.

La dimensión temporal nos permite comprender la enormidad de la declaración de la independencia respecto de España. Porque fueron tres siglos de dominación, subyugación y subordinación de nuestras sociedades, nuestra población indígena, gauchesca y criolla. Desde la llegada de España en 1492 a territorios mexicanos, fueron abriéndose paso a lo largo de todo el continente americano hasta llegar tempranamente a nuestra tierra.

Asesinatos, violaciones, esclavitud. Dominación cultural, negación de identidades, extracción de riquezas. Tres siglos en los que América estuvo totalmente subordinada a los intereses económicos de España, y a las necesidades políticas de la monarquía hispánica. La actual Argentina era entonces un conjunto de provincias unidas bajo lo que se denominó Virreinato del Río de la Plata, establecida en 1775 y funcional a la corona española. Por lo tanto, el 9 de Julio representó un grito contenido ante la pauperización, la aculturación y la negación de identidades de las sociedades americanas que estaban bajo el yugo español. Representó la voluntad de crear una forma política adecuada a intereses americanistas. Representó la libertad.

La firma de la Declaración de la Independencia de las entonces Provincias Unidas del Río de La Plata, el 9 de Julio de 1816 evoca la toma de conciencia de todos estos padecimientos que las sociedades americanas soportaron por siglos, y el convencimiento de que debíamos organizar libremente una forma política vinculada a nuestras identidades, y nuestras necesidades. Las ideas más importantes, ayer y hoy, fueron los puntos que indicaron la voluntad de “investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”, a lo que se añade que también de “toda dominación extranjera”.

No puede atribuirse la gesta únicamente a una persona, a una idea o aun momento. Se trata de años de luchas y resistencias contra el ejército realista (español), producto de que una vez que la coyuntura internacional se encauzó para España, cuando éstos pudieron liberarse de los franceses, Fernando VII, rey español, estaba decidido a recuperar sus territorios americanos en manos de desobedientes revolucionarios con el objeto de poner fin a los movimientos independentistas. En la retina tenemos a José de San Martín, Manuel Belgrano, José Artigas, y Martín Miguel de Güemes. Héroes y gestores de la patria, que lucharon contra el avance realista en pos de recuperar el control de los territorios americanos, con la bandera de libertad para los pueblos americanos sobre sus manos.

¿Pero qué hay de las personas que no están registradas en la historia oficial? ¿Cómo darle voz a quienes dieron su vida, su compromiso, otro tipo de aportes que también son modos de resistencia?

Porque una forma de vincular 1816 con el presente es reflexionar sobre qué implica la idea de resistencia.

Pienso que bajo la idea de resistencia se incluye a la comunidad social de una manera más amplia como hacedora de la independencia, como su impulsora, y como beneficiada de su concreción. Es así como los esclavos, son los primeros que deben ser mencionados. Primero, se abolió su tráfico, luego se declaró su situación de “vientre libre”, a los hijos de esclavas. Posteriormente pudieron acceder a la libertad prestando servicio en el ejército que se enfrentaba a los realistas. Hay fuentes que indican que cerca del 40% del ejército con que San Martín cruzó los andes, estaba compuesto por esclavos. A su vez, en los casos donde el pago de salario era regular, se generaron las condiciones para el ascenso social de los plebeyos, entre ellos, los morenos, los zambos (hijos de morenos e indígenas), los pardos (hijos de blancos y morenos) y los mestizos (hijos de blancos e indígenas). Es indispensable mencionar estos actores porque formaron parte del proceso, y son parte de la identidad americana y nacional.

Pero hay que incluir un fenómeno nodal para el sostenimiento de los esclavos, indígenas y población gauchesca: el papel que llevaban adelante las poblaciones adultas que podían subsistir bajo ese contexto. Me refiero a todo el período de dominación europea en América en general, y en Las Provincias Unidas del Río de La Plata en Particular. Las personas adultas empleaban la trasmisión de cultura a las generaciones jóvenes o a otras sociedades como modo de resistencia ante el exterminio poblacional y cultural que sufrían. Así, el relato oral o el registro escrito se enfrentó a la historia narrada por los cronistas españoles o a sus actas jurídicas. Su rol fue clave para contraponer historia y memoria.
A su vez, en una sociedad fuertemente analfabetizada en los sectores populares, la oralidad cobraba vital importancia para mantener los vínculos culturales.

Es este punto en el que quiero insistir, los modos de resistencia. Al ilustrado que llevó adelante Mariano Moreno contraponiéndose con las ideas de la Revolución Francesa a las absolutistas de la corona española, la militar que emplearon distintos héroes antes mencionados, debemos incorporar la cultural que realizaron las poblaciones adultas en las distintas sociedades americanas en pos de la conservación de la memoria. Es decir, así como la Declaración de Independencia enfatiza que “es voluntad unánime e indudable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas”, encontraremos este pronunciamiento, esa lucha, en los sectores populares aún no registrados en la historia oficial.

Javier Alejandro Colussi
Periodista e historiador